El Lapíz Mágico

Taller número 29 Escena “El lápiz mágico”

Odiaba el lápiz mágico de mi hermana, siempre lo tenía en un pedestal. Para Marta, él era su mejor amigo, su hermano, algo especial. Le daba un trato como si de una persona se tratara. Con ocho años era una niña solitaria y muy soñadora. A pesar de que me tenía a mí como su hermana mayor, para ella no era mejor que ese trozo de madera.
Una vez nuestro abuelo hizo un largo viaje. Según él «A unas tierras muy lejanas, recónditas en un bosque a cientos de kilómetros de nuestra casa», es verdad que tardó un par de meses en volver.

«¿A dónde había ido y por qué tardaba tanto en regresar?» —Nosotras nos preguntábamos.

Mis padres solo decían que no nos preocupáramos, pronto vendría. Por suerte llegó el día de Navidad, lo vimos entrando por la puerta de nuestra casa con una falsa barba blanca y riendo a carcajadas como suele hacer Papá Noel.

«Jo Jo Jo, Ja Ja Ja. Vengo en busca de dos niñas, para darle sus regalos».

Corrimos hacia él con una radiante felicidad y le abrazamos tan fuerte que casi nos caímos todos al suelo. Él también nos abrazó con cariño. Por fin estaba en casa y fue cuando nos contó su largo viaje a unas tierras muy lejanas… Siempre sus palabras guardaban un misterio, una magia.

«Queremos ver el regalo, abuelo» —le dije yo.

«Muy bien mis niñas, sentémonos en el sofá. Vamos a ver qué os trae Papá Noel, en estas navidades».

En ese momento entraba mi abuela al salón, sonriendo, dándole la bienvenida a casa. Se le acercó y le dio un fuerte abrazo con un beso muy cariñoso. Nosotras nos miramos y reímos.

Mi regalo estaba en una caja pequeña con un envoltorio azulado y purpurina plateada. Al abrirla contenía unos pendientes muy llamativos. Tenían forma de mariposa del color del lapislázuli. ¡Eran hermosos! El regalo de mi hermana era totalmente diferente. Se trataba de una cajita oscura alargada muy simple. Mi abuelo se la acercó y se la puso en las manos.

«Marta, trátalo con cuidado, es muy especial para mí» —dijo, cariñosamente guiñándole un ojo.

Cuando la abrió, ahí estaba el lápiz mágico. Era curioso, nada tenía que ver con uno normal. Éste era de madera, tallada a mano, según mi abuelo. Oscuro como un tronco seco. Mi hermana enseguida fue a coger una hoja y dibujó con él felizmente. Para mí fue extraño que me regalara algo tan hermoso y a ella algo tan sencillo. Los días siguientes fueron muy tristes después de la llegada sorpresa de mi abuelo. Él enfermo y se le fue apagando la vida poco a poco. Hasta morir unos cuantos días después de navidad. En mi casa reinaba la tristeza y la nostalgia. Todos le echábamos de menos. Cuando pasaron los meses, la familia volvió a la normalidad como si nada hubiera pasado. Todo quedó en un recuerdo guardado con lástima en nuestros corazones para siempre.

Ocurrió una mañana, cuando ese lápiz le alumbró la vida a mi hermanita, la más trastornada después de la muerte de nuestro abuelo. Según Marta, el lápiz le hablaba, solía darle muchos consejos, dice que era sabio. Le ayudaba a dibujar, como si de un profesional se tratara. Por las noches la consolaba con una melodiosa música que solo ella podía escuchar. Aquel pedazo de madera, parecía que tenía vida propia.

Una noche antes de morir mi abuelo, le escuché hablar en secreto con mi abuela. Él se encontraba acostado en su cama, con muy mal semblante. Su voz entrecortada le intentaba decir:

«Vieja no me regañes más. Se lo traje porque me acompañó en la infancia, me ayudó mucho y quiero lo mismo para Marta».

«Pero no tenías que haber hecho ese viaje que te ha costado la vida». —Sollozando le decía.

«No padezcas —susurró mi abuelo—. Se va a sentir muy triste cuando falte, no ves que está muy engreída conmigo. Cuando llegue a la adolescencia lo olvidará. Acuérdate de guardarlo. Tiene que pasar por muchas generaciones. ¿Me lo prometes?»

«¡Sí viejo, te lo prometo!»

Me quedaré siempre con la duda. ¿Realmente es mágico o es la imaginación de una niña? ¿Por qué se lo dio a Marta y a mí no? Yo también quiero ver lo que ella ve en él. Lo curioso es que nunca se le rompe la punta y por lo tanto nunca se acabará. A no ser que yo lo destruya algún día.

Celeste

Taller número 28 Escena “El sobre”

Ésta mañana despierto en mi cama con un fuerte dolor en el pecho. He tenido un sueño muy confuso pero siento que fue muy real y me hacía sufrir y no solo a mí, también a mi familia. Me levanto de la cama preguntándome, por qué me duele todo el cuerpo. Noto mi ropa sucia y desgarrada. Todo a mi alrededor está desordenado y nunca suelo dejar mi habitación así. No percibo ningún ruido ni voces en toda la casa. Siempre en la mañana al levantarme escucho a mi madre hacer alboroto con los trastos de la cocina y a mi padre viendo las noticias en la televisión. Caigo a la cama, porque de repente tengo un mareo y veo borroso. «¿Pero qué pasa?»—. Intento volver a levantarme para poder ir al cuarto de baño. Cuando me miro al espejo. «Oh, dios mío. ¡Mi pelo está quemado!»—. Me asusto tanto de mí, que casi tropiezo cuando doy un paso atrás y mis pies tocan bruscamente el cesto de la ropa sucia.

Huelo a suciedad, a tierra, aceite de coche, gasolina, a sangre. Eso último me estremece y empiezo a temblar de miedo.
Comienzo a desnudarme y tiro la ropa al suelo. Observo que llevo un zapato puesto y otro perdido a saber donde. Empiezo a palparme todo el cuerpo porque mirarme da miedo. Cuando siento dolor por todas las articulaciones de mis músculos y limpio de mi boca la sangre seca. Decido prepararme lentamente una ducha, deseando dejarme llevar por los pensamientos escasos. Sé que algo malo me ha pasado, algo que no puedo recordar ahora.

Fuertemente froto todo mi cuerpo, hasta querer borrar cualquier suciedad que haya en mí pero sigo oliendo a sangre y no me está gustando nada. Voy a mi armario y noto que falta ropa, así que me pongo lo primero que veo, un vestido veraniego. Cuando voy bajando las escaleras sigo notando ese silencio misterioso.

Era muy temprano en la mañana y pensé que mi madre pudiera estar en la cocina al igual, mi padre. Así que allí fui primero pero no los vi, no había ningún rastro de ellos. Entonces algo llamó mi atención y sé que mi madre jamás se olvidaría de recoger antes de irse de casa, las cartas de debajo la puerta. Donde el cartero siempre las deja a buena mañana. Me acerco a ellas y veo una donde el remitente está escrito mi nombre. La abro y el sobre está vacío, qué extraño. «¿Donde puede estar la carta? ¡No la veo por ningún sitio!» Angustiada empecé a llamarles. Al no contestar como mamá o papá les llamé por su nombre.

—Paula, José. «Tampoco contestan»—. Corrí a su habitación, la cama está a medio hacer. Como si no hubiesen llegado a dormir en ella. Todo está raro, confuso. Ya empezaba a impacientarme y temer lo peor. Cojo el teléfono de la mesita de al lado la cama y llamo a mi madre primero, suponiendo cuando vea que es el número de la casa, lo coja enseguida. Da un par de timbrazos y se cuelga. «No lo ha cogido. ¿Por qué?»—. Llamo a mi padre y de repente sale su voz.

—Hola —Escucho.

—Papá, papá ¿Qué está pasando, por qué no estáis en casa? Mamá no coge el teléfono. —Él continúa hablando.

—Hola, conteste.

—Papá, soy yo, Celeste. —Se cuelga el teléfono.

«Oh, dios. ¿Qué está pasando? No entiendo nada»—. Sé que mis padres nunca se irían de casa dejándome sola, sin tan siquiera dejarme alguna nota. ¡Estoy tan preocupada! Voy a la cocina y decido que debo esperarles aquí. Mientras tanto, intento pensar en la noche pasada. Pero mi mente está en blanco, apenas puedo recordar. «¿Qué habré hecho los días anteriores? ¿Qué puede haber sucedido para encontrarme en estas pésimas condiciones?» Una puerta se abre y escucho voces. «¡Son ellos, mis padres!» —sonrio.

—¿Qué os pasa a los dos? Me habéis dejado aquí sola, tan de buena mañana.

Ellos no me hablan, ni siquiera se giran para mirarme, creo que no me escuchan. Como si en éste momento no existiera para mis padres. Cuando voy a tocarles pasa algo extraño. Mis manos no les toca, ni siquiera les roza y se hunde en sus cuerpos y ellos apenas se inmutan. Me derrumbo al suelo y empiezo a llorar desconsoladamente. Ahí están ellos, también llorando por mí y yo empezaba a recordar lo que había olvidado la noche anterior.

Continuará…