Una mañana inesperada

Taller número 32 Escena “el primer capítulo de una novela”

Capítulo  1

Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir. Imagina que te ves en un acantilado a punto de caer y algo dentro de ti te dice «no caigas, aguanta, lucha con todas tus fuerzas. No permitas que tu mente te juegue una mala pasada».
En ese momento estás confuso, lleno de preguntas sin respuesta. Entonces, es cuando te sucede algo inesperado que te da alas para volar por ese acantilado y llegar a salvo y libre al otro lado. Donde empiezas de cero, con una ilusión que hallabas perdida.

Me llamo Eduardo y tengo veintiocho años, soy licenciado en relaciones públicas. Tuve un buen trabajo y buenos compañeros. Siempre fui un buen trabajador y muy servicial. Mis padres han tenido siete hijos, todos casados, menos yo. Soy el pequeño de todos y nunca he tenido la posibilidad de enamorarme. Pasé cinco años estudiando al cien por cien la carrera. Logré graduarme y con suerte enseguida me puse a trabajar. Llevaba tres años en la misma empresa hasta que dejé de ir, sin dar ningún motivo.

Voy a contarte una historia querido lector, una experiencia que viví hace unos años cuando mi mundo estaba hecho polvo, cuando iba a dejarme caer. Conocí un ser mágico que llenó de ilusión mi corazón vacío. Con un abrir y cerrar de ojos hizo cambiarlo todo.

Era una tarde de principios de primavera. Tuve una cita con un especialista en una de las clínicas más prestigiosas de Madrid. Llevaba un mes yendo a hacerme un sin fin de pruebas. Todo porque un día empecé a encontrarme mal. Con dolores muy fuertes de cabeza, sin saber por qué. Hasta ese día de la consulta, en que aquel médico desplegó el papel y dos palabras bastaron para destruir mi vida por completo. La voz de aquel señor retumbaba en mi cabeza, como unas cuantas olas en un mar furioso por una tempestad.

Al salir del hospital, estaba hecho un caos. Todo a mi alrededor daba vueltas y la información que acababa de darme, era un terremoto en mi cuerpo. ¡Estaba enfermo y no tenía cura! El volcán que se aloja en mi cerebro había empezado a estallar. Solo me quedaba tres meses de vida. Da igual que hiciera quimioterapia. ¡Demasiado avanzado se veía!

Después de esa pésima noticia ya no fui el mismo. Marché a mi casa y me encerré en ella. Quise olvidar a mi familia, a mis amigos, hasta los vecinos de mi barrio que siempre tenían un saludo para mí. Me convertí en un don nadie. Un ermitaño en mi propio mundo de ignorancia. Dejé de pagar la luz y la cortaron, no me importó; usaba velas. La comida me daba igual un pedazo de pan y agua, bastaba para esperar la muerte. Tiré por el balcón el teléfono móvil, estalló en pedazos. Cerré todas las ventanas, para que ni siquiera la luz del día entrara. Mi familia se preguntaba qué me habría pasado. Yo sabía que de la noche a la mañana era otra persona. Nada tenía un significado para mí.

Un mes y medio pasé sin salir de casa, sin abrirle la puerta a nadie, ni siquiera a mis padres. Fue cuando mi vida iba a retomar un nuevo comienzo. Ese día había despertado todo dolorido, mi cama se encontraba llena de medicamentos para el dolor. Intentaba recostarme porque mis ánimos para levantarme eran muy escasos. Escuché una puerta abrirse y todo la casa se iluminó. Entraba mi padre con pasos muy largos a socorrerme, detrás de él, mi madre llorando.

Habían ido a hablar con el especialista que me estuvo haciendo pruebas. Les explicó lo de mi tumor y ellos se echaron a llorar. Mi madre hasta se desmayó. ¡Su hijo enfermo, sin remedio alguno! No podían creérselo. Les explicó que puedo asistir a las consultas de quimioterapia, aunque no aseguraban nada a corto plazo. Estas fueron las palabras del médico:
«Si os sirve de algo mi consejo id y sacarlo de su encierro y llevarlo lejos de esta ciudad, a un campo, donde pueda respirar aire puro y estar en contacto con la naturaleza». Mis padres salieron de allí con una idea y no iban a parar hasta conseguirla.


Capítulo 2

—Quiero que te vistas y prepares la maleta para un largo viaje. ¡Nos vamos ahora mismo de aquí! Mira cómo tienes de sucia esta casa. Llena de trastos por todas partes. Y tú, si te vieras en el espejo, das miedo, hijo. —decía mi madre llorando.

—¿Qué? ¡Yo no me voy de mi casa!

—Esta casa desde mañana ya no es tu casa. —decía mi padre—.Y no creo que quieras quedarte en la calle, cómo un vagabundo. Así que anímate una única vez en tu vida y haznos caso.

Sin protestar, use las pocas fuerzas que tenía y me vestí. Mi madre fue la que hizo la maleta. Me costó mucho abrir la puerta, retrocedí y mi padre me dio un empujón. Cerré un poco los ojos al salir a la calle, ya que me molestaba la luz del sol, de tantos días en la oscuridad de mi casa. Subí al coche y me senté detrás. Agaché la cabeza para que nadie al pasar me reconociera, aunque estaba irreconocible. Una barba de más de un mes sin afeitar, hasta con canas que ni creía tener. Un pelo todo desaliñado y la ropa sin planchar.

—¿A donde vamos? —Pregunté.

—A tu nuevo hogar, muy lejos de aquí. —Sonrió mi madre.

Por el camino mis padres empezaron a relatarme todo lo sucedido después de la visita que le hicieron al médico. Sin pensarlo dos veces fueron y pusieron mi casa en venta a la inmobiliaria de Juan, el mejor amigo de mi padre. Sin él, no hubieran podido venderla con facilidad. No sé cómo lo hizo pero consiguió un comprador en un par de semanas y después buscó la casa ideal para mí.

Juan movió cielo y tierra. Logró encontrar una casita escondida en mitad de un bosque que pertenecía a un “pueblecito” de unos doscientos habitantes. El dueño era un viejo que acababa de fallecer. Mis padres a penas la vieron en foto, supieron que era la indicada. La compraron sin pensarlo dos veces. Para ello lo primordial era el bienestar de su pequeño hijo, cueste el esfuerzo que cueste. Y si esa casita en aquel paraje solitario era un beneficio para alargarle la vida. Cualquier sacrificio valía la pena para unos padres desesperados.

La casa se encontraba a ciento cuarenta kilómetros de distancia de Madrid. Dos horas más tarde estábamos entrando por un estrecho camino de tierra para dejar el coche aparcado debajo un árbol y continuar andando unos diez minutos.

Tanto mis padres como yo, nos sorprendimos cuando la vimos. Ellos estaban preocupados, se miraban preguntándose si habían hecho lo correcto. En cambio yo albergaba esperanza, fascinado por lo que veían mis ojos. La casa se notaba desgastada, necesitaba arreglo. Tenía un porche donde todo a su alrededor había yerbajos de un metro de altura. En su momento habrá sido un jardín o quizás un huerto. El paisaje era espléndido altos árboles y frondosos. Caminos llenos de espesa hierba, un sin fin de cantares de aves y pequeños habitantes del bosque. Estaba embelesado. Por dentro cubría todas la necesidades. A simple vista estaba más cuidada.

—¡En este lugar, es donde quiero estar! —les dije a mis padres muy convencido y ellos sonreían con tristeza.

Se habían orientado de la zona. Me dejaron provisiones para dos meses y volverían con más. También un mapa de los alrededores y sitios donde ir a visitar, hasta un teléfono móvil. Se despidieron de mí con tristeza. ¿Cómo se despide un hijo de sus padres para siempre? Yo sentía que no les iba a volver a ver, ellos guardaban esperanza. Les vi marchar abrazados y cabizbajos. Con angustia y desesperación de dejarme solo. El zumbar de los pájaros y siseo de los insectos amortiguaban sus llantos. Si esto era mi felicidad, estarían felices por mí.

Lo que sucedió a continuación fue el motivo que iluminó mis días oscuros. Me dio esperanza para luchar, vivir y soñar. Porque cuando menos crees que puede sucederte algo maravilloso, sucede. Luego te das cuenta en lo iluso que fuiste. No cuesta nada confiar en ti mismo y en tu sabiduría. Aunque sea difícil de comprender la conocí a ella, un ser sobrenatural que hizo cambiar mi vida una mañana inesperada.

Continuará…

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