De mil maneras

De mil maneras

Después de estar un tiempo ausente por aquí, he querido publicar un relato que tenía guardado hace un tiempo. Espero que os guste 😉

Corrían los años noventa, vivía en una modesta casita a las afueras de Michin. Recientemente había enviudado y aún tenía que vestir de negro por unos tres meses. Los vecinos me miraba con lástima y yo lo odiaba, bajaba la cabeza e intentaba pensar en cualquier cosa que no fuera escuchar las vocecillas que murmuraban. Yo no quería dar lástima, además intentaba parecer complacida con mi vida y en realidad lo estaba. Sabía que para ellos era normal que pensaran que fue una tragedia, una verdadera pena. Era de entender, sólo tenía veinte años y mucho que vivir. Mis padres querian que siguiera adelante sin pararme a pensar en mi difunto marido. Pero no, no quería ser como los demás esperaban de mí. Quería ser como siempre, él y yo inseparables.

Si aún me sentía feliz y tan enamorada era precisamente porque él estaba a mi lado. Todavía no se había marchado de mi vida, para mí aún no se había muerto. Mi amor por él era tan intenso que le hacía permanecer en nuestro mundo aunque los demás nunca pudieran verle. Yo lo conservaba, lo alimentaba con nuestro amor y él era completamente feliz, tanto como yo.

Conseguir que mi marido siguiera a mi lado no fue tan difícil, solo tuve que desearlo con todas mis fuerzas. Quizás llorar sin parar, olvidar comer, odiar todo a mi alrededor. Lamentarme como se lamenta cualquier persona que experimenta una pérdida de un ser amado.

El día de su entierro fue muy doloroso para mí, nunca sentí tal sufrimiento profundo y desgarrador. Tanto que no sabía de mí. Su familia y la mía me llevaban de un lado a otro como una marioneta sin alma. Después solo fue irme a casa y encontrarlo a él en nuestra cama dormido con un bebé. Me sorprendió tanto que pensé que todo esto de su muerte era un mal sueño. Después de acariciarle por todo el cuerpo y reflexionar me di cuenta que lo que estaba viviendo en ese momento era el sueño. Sí que se había ido y no iba volver, ese sueño de tenerlo de vuelta debía ser disfrutado por ambos.

Él se despertó y me sonrió. Me devolvió las carícias y me pidió que me acostase a su lado. Me contó que tuvo un mal día y que lo único que le apetecía era descansar junto a mí. Me preguntó por qué iba vestida de negro y no supe qué responder. Me quedé muda y las palabras se esfumaron. Nos besamos y yo le abracé tanto que dio la sensación que quería quitarle la respiración y así nos quedamos sin quitarnos la ropa uno al lado del otro besándonos como si todo lo que me había ocurrido esa misma mañana no hubiera pasado.

La mañana siguiente me desperté con una sensación vacía. En mi cama me encontré sola y aún vestida de luto. Entonces empecé a llorar, es tanto lo que le quiero que deseé que estuviera en mi cama cuando volviera de su entierro. «Fue tan real, pero qué tonta» pensé adolorida por el sentimiento. Me obligué a hacer las labores de la casa y después me marché a trabajar… todos me miraban con pena y yo deseando que no me mirasen así. Al regresar a casa volví a notar ese vacío imperdonable, esa falta de él que mata y me devora por dentro. Me dejé caer al suelo y olvidé todo por un momento, hasta que su voz me despertó… Nos fuimos a la cama, me desnudó y me besó. Nuestros cuerpos se movían al compás de una danza sexual hipnotizados por la pasión

Al día siguiente la casa volvió a estar en calma y de nuevo me quedé sola, su rastro no estaba por toda la estancia. Esta vez no lo tomé como si de un sueño bonito se tratara pues me acordaba de todo, todavía estaba sin ropa y su olor permanecía en la sabana. Intuía que su presencia permanecía en esta casa y de algún modo nunca se fue a donde se supone que tiene que ir su espíritu. No sabía como poder verle todas la noches. No tenía ni idea si él percibía que estaba muerto y que es su alma la que vaga por estas paredes. Tampoco entendía por qué de día nunca estaba y me preguntaba a donde iba cuando no se encontraba aquí. Supuse que las respuestas las  iría descubriendo con el tiempo. Por el momento no podía decírselo a nadie pues me tomarían por loca si es que no lo estaba ya. Tuve que fingir que era una viuda dolorida y obligarme a no contarle nada por no perderle.

Los días siguientes fueron muy iguales pero por la noche él aparecía como si nada, como si nunca se hubiera marchado. Era tan auténtica su presencia que no noté nada sobrenatural.  Comía, bebía, tocaba cualquier objeto… Un sin fin de cosas que haría una persona viva. Al parecer, no mencionaba nada extraño referente a él. Parecía como si su vida no hubiese cambiado en nada. Me contaba de las cosas que hacía en el trabajo, las personas que veía, pero cada noche repetía lo mismo una y otra vez sin cambiar ni una sola palabra. Todo tan igual, tan perfecto. Y yo, simplemente escuchaba las mismas palabras cada noche. Lo único diferente era decidir si ver una película o una serie, comer juntos en la mesa o en el sofá, cocina él o cocino yo, nos bañamos juntos o separados pero observándonos… y acabando siempre haciendo el amor de mil maneras.

Nunca me pidió salir y temí que lo hiciera algún día y no saber como decirle que no era posible que si salíamos de estas paredes juntos la gente me tomaría por loca y él entonces se pregunte una y mil veces por qué. Intenté que no me viera con ropa negra, siempre llevaba una de recambio en el bolso y antes de entrar a la casa iba detrás de un árbol frondoso que tenía en el porche y allí me cambiaba. Mientras fuese de día podía hacer en casa lo que quisiera pues nunca aparecía. Le echaba en falta pero me lo tomaba como si fueran días de trabajo y hasta la noche no volvía a casa. Cosa que para él era aparente y tenía que tomármelo como si fuera de verdad. Parecía un juego mi vida. De día intentaba ser otra persona y de noche yo.

Cada día que pasaba me iba acostumbrando más y ya nada me preocupaba. Cuando me hallaba pensativa él hacía que cada nube confusa de mi cabeza desapareciese y me hacía reír y olvidar. En ocasiones, llegué a pensar que lo sabía todo que solo no hablábamos de la verdad porque nos podía lastimar y temiamos que algún día todo se acabase y tuvieramos que enfrentarnos de golpe con la realidad, pero no, él no sabía nada. Si no, ya se hubiera delatado, lo conocía bien y una mentira se sentía en él aunque estuviese a mil leguas. No sabía mentir o al menos no sabía mentirme a mí. Cuando veíamos una película juntos y va de dos enamorados no nos sorprendía pues lo nuestro era casi igual o mucho mejor. Desde que nos conocimos nuestro amor siempre fue natural y sincero y hasta el día de hoy sigue igual.

Después de una noche en su compañía tan agradable me despertó un sonido melodioso, era mi teléfono. No lo descolgué enseguida, dejé que diera varios tonos y después me lo puse en los oídos y escuché una voz.

—¿Es que no pensabas cogerle el teléfono a tu mejor amiga?

—A la verdad que no, ¿no sabes qué hora es? Aún estoy en la cama. ¿Qué quieres?

—Mañana es tu cumpleaños y tenemos pensado “el grupo” y yo en comer en tu casa y de paso quitarte esa ropa tan fea que llevas ya mucho tiempo puesta.

Al principio estaba tan medio dormida que no le hacía caso a sus palabras. Pero cuando entendí que “el grupo” vendría a mi casa, me asusté. No quería que vinieran a mi casa, aún no había cambiado nada desde que no estaba. Que su ropa estaba intacta en el armario como sus zapatos y sus pertenencias. Que no lo olvidé porque para mí nunca se había ido. Pero era mi amiga de la infancia y “el grupo” mis amigos del trabajo que lo único que querían era despojarme de sus recuerdos.

—¿Sigues ahí o te has marchado sin colgar?

—No, perdona es que me he quedado pensando y no me acordaba que mañana es mi cumpleaños.

—Pues quédate quietecita y no hagas nada, nos vemos mañana. Bye, besos.

«Pero, está loca esta mujer, me colgó sin decirle que no» pensé.

Al enterarme bien por “el grupo” que la fiesta por mi cumpleaños sería de día y que después nos iríamos a seguir festejándolo, me tranquilicé y hasta me animé pues llevaba sin salir desde hacía meses y lo necesitaba. Por supuesto, a él no podía contarle nada, ni siquiera recordarle que mañana sería mi cumpleaños. No quería que intentara salir a comprarme un regalo y descubriera que no podría ser. A veces me sentía culpable por ocultarle todo, tenía que fingir que cada cosa en mi vida marchaba bien. Él no sospechaba nada, claro si todo estaba tan igual que siempre. Nuestras tardes y noches eran súper especiales, llenas de encanto y amor. Antes de que él muriera nuestra vida era igual de perfecta que ahora. Nos dedicábamos a trabajos muy diferentes, no eramos nada compatibles, lo que a mí me gustaba a él no y viceversa. Pero cuando estábamos unidos eramos solo uno y nos entendíamos muy bien. Por eso ahora él no notaba nada distinto. En cambio, yo tenía que vivir delante de los demás como si cada día superase su pérdida, cuando realmente me aguardaba en casa cada noche para darnos amor.

Nunca sabía cuando aparecía ni a que hora ni en que momento. Simplemente al voltearme él estaba allí mirándome fijamente, devorándome con sus ojos de un mar azul. Con el paso de los días noté algo extraño en el reloj, siempre paraba cuando estaba él y volvía a la hora exacta que era cuando se marchaba y no es que él saliera de la puerta de casa cada mañana, con solo acostarnos al día siguiente ya no estaba y al caer la noche aparecía como magia. Había leído sobre espíritus vivientes y esas cosas y nada me quitaba las dudas, siempre albergaba preguntas de mil maneras sin ni una respuesta.

Al día siguiente ya era mi cumpleaños y estaba contenta. Sabía que mientras fuera de día él no estaría y yo podría estar con mis amigos en casa sin que lo supiera. Antes de que llegaran, oculté cada detalle que me delatara y cerré la puerta de mi habitación donde pudiera descubrir que sus cosas estaban intactas.

Mis amigos fueron viniendo, sonrientes y hasta cantando. Me abrazaron y me dieron miles de besos cargados de regalos. Me hicieron quitarme la ropa negra y de una vez por todas dejar el luto, pues ya habían pasado más de tres meses. Todo marchaba bien hasta que noté algo extraño, como una brisa a mi lado, era inexplicable, fue sentirlo a él pero sin poderlo ver ni tocar. Después de esa sensación estaba ausente y “el grupo” y mi amiga lo notaron así que entendieron que aún era muy reciente y decidieron irse. Ya estaba bien al haber disfrutado del día. Se despidieron alegres y prometiendo que repetirían, la próxima vez pero en el cumpleaños de uno de ellos, yo acepté y cerré la puerta.

Cuando anocheció, la casa ya estaba limpia, no se notaba que hubo gente festejando y ensuciando todo. Esperé sin buscar a que apareciera y empezaba a preocuparme su puntualidad. Miré el reloj y marchaba bien. Cuando decidí irme a la cama decepcionada, él estaba allí hecho un ovillo como un feto en la barriga de su madre. Lloraba y no supe que hacer, me quedé en blanco y asustada. Me abalancé hacia él, le desaté los brazos tan encogidos contra su cuerpo y le abracé. Sollozó un tiempo, no sé si fueron horas o minutos. No quise preguntarle nada pues ya sabía que algo malo había pasado. Dejé que se desahogara y cuando estuvo calmado nos miramos, sus ojos parecían un mar furioso. Solo dos palabras salieron de él.

—Cuéntamelo todo.

—Es mi cumpleaños y vinieron nuestros amigos a dejarme regalos y tomar unas copas. Siento no habértelo dicho, seguro que estás muy cansado.

Pretendía decirle más cosas. Quería pensar que lloraba por no haber estado en mi cumpleaños, porque tendría mucho trabajo. Pero no era así, me engañaba si pensaba que fue alguna tontería. Esperaba que dijera algo pero solo me miraba triste y destrozado. En un incómodo silencio trascurrieron unos minutos y suspiró.

—Esta mañana quería darte una sorpresa, pero no una cualquiera, planeaba algo especial para los dos. Quizás un viaje… Al abrir la puerta me encontré con todos nuestros amigos. Estaban todos sonriendo y tú… estabas feliz, me sentí algo celoso no solo yo soy el que te hago feliz… bueno eso es lo de menos. Lo extraño fue que nadie se volteó a saludarme ni siquiera tú me miraste. Dije hola y nadie respondió, me acerqué hasta el punto de tocarte y ni me sentiste. Estaba tan confuso, no entendía qué estaba ocurriendo. Cogí el teléfono y te llamé y no daba timbre y lo tenias encendido en la mesa donde había un montón de bebidas. Salí corriendo a la calle y cuando volví a casa lo único que quería era estar en la cama. Tú ni notaste mi presencia al entrar a casa, como casi siempre.

—Lo siento muchísimo. No sé como empezar a contarte algo tan doloroso para nosotros.

—Lo necesito.

—Estaba trabajando cuando tus padres me llamaron. Cuando me dijeron que habías tenido un accidente pensé que estabas bien que no era nada grave. Lo que pasó fue que no quise reconocerlo. Bien me dijeron que habías tenido un grave accidente y que habías muerto. Ocurrió hace tres meses.

—¿Y por qué sigo a tu lado?

—Porque nos amamos y nuestro amor lo traspasa todo. No sé si eres tú o soy yo quien te retiene vivo. Lo único que sé, es que no estoy sola y estás a mi lado.

Los días siguientes fueron muy tristes, aunque intentábamos no martirizarnos, era obvio que nuestra relación no podría durar mucho, quizás tarde o temprano él se iría sin quererlo, quizás por un motivo que desconocemos o no irse jamás y pueda ser peor. Porque tarde o temprano me tomarían por loca, descubrirían que hablo sola, cuando no es verdad. Pero qué podríamos hacer, él no se marcharía sin mí y yo no me iría sin él.

Al principio le costó mucho darse cuenta que no estaba vivo, pero fueron los días siguientes que se tomaba las cosas con una perspectiva positiva, lo único que queríamos era estar juntos y mientras no nos molestaran estábamos bien. Estábamos enamorados y nadie nos podría separar.

Continuará…