Acción Poética

El movimiento “Acción Poética” es un fenómeno mural-literario que comenzó en Monterrey, México 1996. Tiene como fundador al poeta mexicano Armando Alanis Pulido y consiste en escribír poesía, versos, frases optimistas y reflexiones. Tienen por regla no tocar temas políticos ni religiosos. Este también tiene que ser pintado con un fondo blanco y letras negras y siempre firmadas con el sello y formato de Acción Poética. Desde hace algunos años la iniciativa ha traspasado fronteras y se puede observar este movimiento en más de ciento cincuenta ciudades mexicanas así como en treinta píses.

Como soy una amante de las frases motivadoras, no podía déjalo pasar. Decidí dedicar un trocito de mí blog a este original mural-literario que motiva a tantas personas con sus reflexiones.

Encontré una web www.accionpoetica.com donde recopila todos los posibles murales de acción poética.

 

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De mil maneras

De mil maneras

Después de estar un tiempo ausente por aquí, he querido publicar un relato que tenía guardado hace un tiempo. Espero que os guste 😉

Corrían los años noventa, vivía en una modesta casita a las afueras de Michin. Recientemente había enviudado y aún tenía que vestir de negro por unos tres meses. Los vecinos me miraba con lástima y yo lo odiaba, bajaba la cabeza e intentaba pensar en cualquier cosa que no fuera escuchar las vocecillas que murmuraban. Yo no quería dar lástima, además intentaba parecer complacida con mi vida y en realidad lo estaba. Sabía que para ellos era normal que pensaran que fue una tragedia, una verdadera pena. Era de entender, sólo tenía veinte años y mucho que vivir. Mis padres querian que siguiera adelante sin pararme a pensar en mi difunto marido. Pero no, no quería ser como los demás esperaban de mí. Quería ser como siempre, él y yo inseparables.

Si aún me sentía feliz y tan enamorada era precisamente porque él estaba a mi lado. Todavía no se había marchado de mi vida, para mí aún no se había muerto. Mi amor por él era tan intenso que le hacía permanecer en nuestro mundo aunque los demás nunca pudieran verle. Yo lo conservaba, lo alimentaba con nuestro amor y él era completamente feliz, tanto como yo.

Conseguir que mi marido siguiera a mi lado no fue tan difícil, solo tuve que desearlo con todas mis fuerzas. Quizás llorar sin parar, olvidar comer, odiar todo a mi alrededor. Lamentarme como se lamenta cualquier persona que experimenta una pérdida de un ser amado.

El día de su entierro fue muy doloroso para mí, nunca sentí tal sufrimiento profundo y desgarrador. Tanto que no sabía de mí. Su familia y la mía me llevaban de un lado a otro como una marioneta sin alma. Después solo fue irme a casa y encontrarlo a él en nuestra cama dormido con un bebé. Me sorprendió tanto que pensé que todo esto de su muerte era un mal sueño. Después de acariciarle por todo el cuerpo y reflexionar me di cuenta que lo que estaba viviendo en ese momento era el sueño. Sí que se había ido y no iba volver, ese sueño de tenerlo de vuelta debía ser disfrutado por ambos.

Él se despertó y me sonrió. Me devolvió las carícias y me pidió que me acostase a su lado. Me contó que tuvo un mal día y que lo único que le apetecía era descansar junto a mí. Me preguntó por qué iba vestida de negro y no supe qué responder. Me quedé muda y las palabras se esfumaron. Nos besamos y yo le abracé tanto que dio la sensación que quería quitarle la respiración y así nos quedamos sin quitarnos la ropa uno al lado del otro besándonos como si todo lo que me había ocurrido esa misma mañana no hubiera pasado.

La mañana siguiente me desperté con una sensación vacía. En mi cama me encontré sola y aún vestida de luto. Entonces empecé a llorar, es tanto lo que le quiero que deseé que estuviera en mi cama cuando volviera de su entierro. «Fue tan real, pero qué tonta» pensé adolorida por el sentimiento. Me obligué a hacer las labores de la casa y después me marché a trabajar… todos me miraban con pena y yo deseando que no me mirasen así. Al regresar a casa volví a notar ese vacío imperdonable, esa falta de él que mata y me devora por dentro. Me dejé caer al suelo y olvidé todo por un momento, hasta que su voz me despertó… Nos fuimos a la cama, me desnudó y me besó. Nuestros cuerpos se movían al compás de una danza sexual hipnotizados por la pasión

Al día siguiente la casa volvió a estar en calma y de nuevo me quedé sola, su rastro no estaba por toda la estancia. Esta vez no lo tomé como si de un sueño bonito se tratara pues me acordaba de todo, todavía estaba sin ropa y su olor permanecía en la sabana. Intuía que su presencia permanecía en esta casa y de algún modo nunca se fue a donde se supone que tiene que ir su espíritu. No sabía como poder verle todas la noches. No tenía ni idea si él percibía que estaba muerto y que es su alma la que vaga por estas paredes. Tampoco entendía por qué de día nunca estaba y me preguntaba a donde iba cuando no se encontraba aquí. Supuse que las respuestas las  iría descubriendo con el tiempo. Por el momento no podía decírselo a nadie pues me tomarían por loca si es que no lo estaba ya. Tuve que fingir que era una viuda dolorida y obligarme a no contarle nada por no perderle.

Los días siguientes fueron muy iguales pero por la noche él aparecía como si nada, como si nunca se hubiera marchado. Era tan auténtica su presencia que no noté nada sobrenatural.  Comía, bebía, tocaba cualquier objeto… Un sin fin de cosas que haría una persona viva. Al parecer, no mencionaba nada extraño referente a él. Parecía como si su vida no hubiese cambiado en nada. Me contaba de las cosas que hacía en el trabajo, las personas que veía, pero cada noche repetía lo mismo una y otra vez sin cambiar ni una sola palabra. Todo tan igual, tan perfecto. Y yo, simplemente escuchaba las mismas palabras cada noche. Lo único diferente era decidir si ver una película o una serie, comer juntos en la mesa o en el sofá, cocina él o cocino yo, nos bañamos juntos o separados pero observándonos… y acabando siempre haciendo el amor de mil maneras.

Nunca me pidió salir y temí que lo hiciera algún día y no saber como decirle que no era posible que si salíamos de estas paredes juntos la gente me tomaría por loca y él entonces se pregunte una y mil veces por qué. Intenté que no me viera con ropa negra, siempre llevaba una de recambio en el bolso y antes de entrar a la casa iba detrás de un árbol frondoso que tenía en el porche y allí me cambiaba. Mientras fuese de día podía hacer en casa lo que quisiera pues nunca aparecía. Le echaba en falta pero me lo tomaba como si fueran días de trabajo y hasta la noche no volvía a casa. Cosa que para él era aparente y tenía que tomármelo como si fuera de verdad. Parecía un juego mi vida. De día intentaba ser otra persona y de noche yo.

Cada día que pasaba me iba acostumbrando más y ya nada me preocupaba. Cuando me hallaba pensativa él hacía que cada nube confusa de mi cabeza desapareciese y me hacía reír y olvidar. En ocasiones, llegué a pensar que lo sabía todo que solo no hablábamos de la verdad porque nos podía lastimar y temiamos que algún día todo se acabase y tuvieramos que enfrentarnos de golpe con la realidad, pero no, él no sabía nada. Si no, ya se hubiera delatado, lo conocía bien y una mentira se sentía en él aunque estuviese a mil leguas. No sabía mentir o al menos no sabía mentirme a mí. Cuando veíamos una película juntos y va de dos enamorados no nos sorprendía pues lo nuestro era casi igual o mucho mejor. Desde que nos conocimos nuestro amor siempre fue natural y sincero y hasta el día de hoy sigue igual.

Después de una noche en su compañía tan agradable me despertó un sonido melodioso, era mi teléfono. No lo descolgué enseguida, dejé que diera varios tonos y después me lo puse en los oídos y escuché una voz.

—¿Es que no pensabas cogerle el teléfono a tu mejor amiga?

—A la verdad que no, ¿no sabes qué hora es? Aún estoy en la cama. ¿Qué quieres?

—Mañana es tu cumpleaños y tenemos pensado “el grupo” y yo en comer en tu casa y de paso quitarte esa ropa tan fea que llevas ya mucho tiempo puesta.

Al principio estaba tan medio dormida que no le hacía caso a sus palabras. Pero cuando entendí que “el grupo” vendría a mi casa, me asusté. No quería que vinieran a mi casa, aún no había cambiado nada desde que no estaba. Que su ropa estaba intacta en el armario como sus zapatos y sus pertenencias. Que no lo olvidé porque para mí nunca se había ido. Pero era mi amiga de la infancia y “el grupo” mis amigos del trabajo que lo único que querían era despojarme de sus recuerdos.

—¿Sigues ahí o te has marchado sin colgar?

—No, perdona es que me he quedado pensando y no me acordaba que mañana es mi cumpleaños.

—Pues quédate quietecita y no hagas nada, nos vemos mañana. Bye, besos.

«Pero, está loca esta mujer, me colgó sin decirle que no» pensé.

Al enterarme bien por “el grupo” que la fiesta por mi cumpleaños sería de día y que después nos iríamos a seguir festejándolo, me tranquilicé y hasta me animé pues llevaba sin salir desde hacía meses y lo necesitaba. Por supuesto, a él no podía contarle nada, ni siquiera recordarle que mañana sería mi cumpleaños. No quería que intentara salir a comprarme un regalo y descubriera que no podría ser. A veces me sentía culpable por ocultarle todo, tenía que fingir que cada cosa en mi vida marchaba bien. Él no sospechaba nada, claro si todo estaba tan igual que siempre. Nuestras tardes y noches eran súper especiales, llenas de encanto y amor. Antes de que él muriera nuestra vida era igual de perfecta que ahora. Nos dedicábamos a trabajos muy diferentes, no eramos nada compatibles, lo que a mí me gustaba a él no y viceversa. Pero cuando estábamos unidos eramos solo uno y nos entendíamos muy bien. Por eso ahora él no notaba nada distinto. En cambio, yo tenía que vivir delante de los demás como si cada día superase su pérdida, cuando realmente me aguardaba en casa cada noche para darnos amor.

Nunca sabía cuando aparecía ni a que hora ni en que momento. Simplemente al voltearme él estaba allí mirándome fijamente, devorándome con sus ojos de un mar azul. Con el paso de los días noté algo extraño en el reloj, siempre paraba cuando estaba él y volvía a la hora exacta que era cuando se marchaba y no es que él saliera de la puerta de casa cada mañana, con solo acostarnos al día siguiente ya no estaba y al caer la noche aparecía como magia. Había leído sobre espíritus vivientes y esas cosas y nada me quitaba las dudas, siempre albergaba preguntas de mil maneras sin ni una respuesta.

Al día siguiente ya era mi cumpleaños y estaba contenta. Sabía que mientras fuera de día él no estaría y yo podría estar con mis amigos en casa sin que lo supiera. Antes de que llegaran, oculté cada detalle que me delatara y cerré la puerta de mi habitación donde pudiera descubrir que sus cosas estaban intactas.

Mis amigos fueron viniendo, sonrientes y hasta cantando. Me abrazaron y me dieron miles de besos cargados de regalos. Me hicieron quitarme la ropa negra y de una vez por todas dejar el luto, pues ya habían pasado más de tres meses. Todo marchaba bien hasta que noté algo extraño, como una brisa a mi lado, era inexplicable, fue sentirlo a él pero sin poderlo ver ni tocar. Después de esa sensación estaba ausente y “el grupo” y mi amiga lo notaron así que entendieron que aún era muy reciente y decidieron irse. Ya estaba bien al haber disfrutado del día. Se despidieron alegres y prometiendo que repetirían, la próxima vez pero en el cumpleaños de uno de ellos, yo acepté y cerré la puerta.

Cuando anocheció, la casa ya estaba limpia, no se notaba que hubo gente festejando y ensuciando todo. Esperé sin buscar a que apareciera y empezaba a preocuparme su puntualidad. Miré el reloj y marchaba bien. Cuando decidí irme a la cama decepcionada, él estaba allí hecho un ovillo como un feto en la barriga de su madre. Lloraba y no supe que hacer, me quedé en blanco y asustada. Me abalancé hacia él, le desaté los brazos tan encogidos contra su cuerpo y le abracé. Sollozó un tiempo, no sé si fueron horas o minutos. No quise preguntarle nada pues ya sabía que algo malo había pasado. Dejé que se desahogara y cuando estuvo calmado nos miramos, sus ojos parecían un mar furioso. Solo dos palabras salieron de él.

—Cuéntamelo todo.

—Es mi cumpleaños y vinieron nuestros amigos a dejarme regalos y tomar unas copas. Siento no habértelo dicho, seguro que estás muy cansado.

Pretendía decirle más cosas. Quería pensar que lloraba por no haber estado en mi cumpleaños, porque tendría mucho trabajo. Pero no era así, me engañaba si pensaba que fue alguna tontería. Esperaba que dijera algo pero solo me miraba triste y destrozado. En un incómodo silencio trascurrieron unos minutos y suspiró.

—Esta mañana quería darte una sorpresa, pero no una cualquiera, planeaba algo especial para los dos. Quizás un viaje… Al abrir la puerta me encontré con todos nuestros amigos. Estaban todos sonriendo y tú… estabas feliz, me sentí algo celoso no solo yo soy el que te hago feliz… bueno eso es lo de menos. Lo extraño fue que nadie se volteó a saludarme ni siquiera tú me miraste. Dije hola y nadie respondió, me acerqué hasta el punto de tocarte y ni me sentiste. Estaba tan confuso, no entendía qué estaba ocurriendo. Cogí el teléfono y te llamé y no daba timbre y lo tenias encendido en la mesa donde había un montón de bebidas. Salí corriendo a la calle y cuando volví a casa lo único que quería era estar en la cama. Tú ni notaste mi presencia al entrar a casa, como casi siempre.

—Lo siento muchísimo. No sé como empezar a contarte algo tan doloroso para nosotros.

—Lo necesito.

—Estaba trabajando cuando tus padres me llamaron. Cuando me dijeron que habías tenido un accidente pensé que estabas bien que no era nada grave. Lo que pasó fue que no quise reconocerlo. Bien me dijeron que habías tenido un grave accidente y que habías muerto. Ocurrió hace tres meses.

—¿Y por qué sigo a tu lado?

—Porque nos amamos y nuestro amor lo traspasa todo. No sé si eres tú o soy yo quien te retiene vivo. Lo único que sé, es que no estoy sola y estás a mi lado.

Los días siguientes fueron muy tristes, aunque intentábamos no martirizarnos, era obvio que nuestra relación no podría durar mucho, quizás tarde o temprano él se iría sin quererlo, quizás por un motivo que desconocemos o no irse jamás y pueda ser peor. Porque tarde o temprano me tomarían por loca, descubrirían que hablo sola, cuando no es verdad. Pero qué podríamos hacer, él no se marcharía sin mí y yo no me iría sin él.

Al principio le costó mucho darse cuenta que no estaba vivo, pero fueron los días siguientes que se tomaba las cosas con una perspectiva positiva, lo único que queríamos era estar juntos y mientras no nos molestaran estábamos bien. Estábamos enamorados y nadie nos podría separar.

Continuará…

Noche Maldita

Noche

Taller #35 escena de mayo

Llevábamos un par de días en un pueblo bastante curioso. Recuerdo que hace una semana mi marido Natt lo había descubierto en una revista de viajes que ojeaba miestras esperaba a que saliera de una tienda.

¡Ya tenemos donde ir de vacaciones! —dijo apenas salí del establecimiento.

Un pueblecito recóndito, es estupendo, cariño —dije entusiasmada.

Nos alojamos en el único hotel con estilo gótico y muy anticuado . Al día siguiente disfrutamos de un paseo. El pueblo en la revista ya tenía su aire siniestro pero viéndolo en persona resultaba más sombrío. Parecía sacado de una película de miedo. Le rodeaba unas montañas polvorientas. Los techos de las casas eran puntiagudos, con unas ventanas opacas. Las calles tétricas; sus aceras grises y farolas desgastadas en cada esquina. Un tren de los antiguos pintado de negro maquinaba por una de las principales calles para hacer un recorrido por el casco antiguo. Iba a una velocidad potente y teníamos que sujetarnos con fuerza de los barrotes oxidados. Paró cerca de un museo con una gárgola gigantesca de color blanco. Algo extraño para un pueblo donde predominaban los colores oscuros. Todo estaba en silencio, apenas unos pocos coches se veían en movimiento y las personas del pueblo parecía que se habían esfumado. Solo los turistas vagaban por las calles. Al pueblo lo cruzaba un río de aguas turbias. A su alrededor más casas amontonadas, todas similares a las anteriores. Al atardecer las nubes cogían un color rosa intenso, aquel paisaje era sobrenatural. Pasamos dos días en un ambiente tranquilo, hasta que todo cambio de repente.

Estábamos en la habitación, cuando se escucharon gritos procedentes del exterior. Nos asomamos con cautela por la ventana acristalada. Cuando vimos correr a unos cuantos turistas con sus ropas manchadas de sangre y pidiendo socorro. Nos miramos atónitos un par de segundos. No supimos que hacer ni que pensar. Tocaron con brusquedad la puerta y un chillido de pánico salió de nuestras bocas. Natt me susurro que callara y con precaución miró  por la mirilla de la puerta, era una empleada del hotel. Natt respiró hondo, guiñando un ojo y abrió la puerta. Aquella señora no tenía la expresión asustada. Tan pasiva y amable nos habló.

Buenas tardes, les comunico que tenéis que marcharos del hotel de inmediato. Por problemas propios cerrará.

¿Por qué? No pueden hacernos esto, hemos pagado por estar aquí una semana. —le dije furiosa.

Se les devolverá el dinero. —Manifestó sin cambiar de expresión.

¿Qué sucede afuera, por qué esas personas corren por las calles pidiendo socorro? —Le preguntó Natt.

Por favor, recoged vuestras cosas y salid de aquí. —Dio media vuelta y se marchó.

Era increíble lo que habíamos escuchado. No podíamos creer que teníamos que irnos, sin una explicación más lógica. Decepcionados, volvimos a llenar las maletas. Fuimos a la oficina donde un señor elegante y educado nos devolvió el dinero. Ignoró las protestas de Natt y sin darnos ninguna explicación nos incitó a marchar. Quisimos regresar para hacer una reclamación cuando nos detuvieron unas voces. Nos escondimos detrás de un mueble para poder escuchar toda la conversación.

¿Están todos en la calle? —Escuchamos.

¡Sí! —dijo una voz de mujer.

Salgamos a divertirnos, esta noche será inolvidable. ¡Tenemos sed de sangre! —A carcajadas reía la voz que reconocimos como el señor elegante.

Apresurados salimos a la calle notando una atmósfera de misterio. Nos aterró el griterío que se oía por todas partes sin percibir a nadie. Había anochecido y la luna brillaba en todo su esplendor. Subimos al coche y una piedra procedente de alguna parte astilló una ventana. De pronto, una multitud de turistas ensangrentados por alguna herida profunda, corrían y chillaban presa de puro pánico.

Una mujer con aspecto atroz se acercó al coche. Puso sus manos en el cristal roto sin sorprenderle que le cortara la carne de sus esqueléticos dedos.

¡Corred, eso nos gusta! Hoy la noche está de nuestra parte. —nos dijo con mirada depravada.

Nett quiso arrancar el coche pero por alguna razón no funcionaba y no teníamos tiempo de solucionar el problema. Tuvimos que salir huyendo junto con los demás. Mientras que otras endemoniadas personas venían detrás nuestro, queriéndonos matar bajo una luna llena.

Sangre y Tinta

Sangre

Escena # 33 Marzo 2016   “En el ascensor”

Salí de casa con precaución, cargaba conmigo el diccionario que le había robado a mi hermana después de haberle jurado que no lo tocaría nunca. «Era preciso que me lo llevara». Pensaba a medida que avanzaba por las calles. En realidad aquel libro no era un diccionario, aunque la portada así lo pusiera. Era un camuflaje para que ningún intruso lo quisiera leer. Dentro tenía un sin fin de historias muy alarmantes. Mi hermana un día me descubrió leyéndolo, se enfadó mucho y me hizo jurar que no contaría lo que leí y mucho menos hablar del libro con nadie. Se lo prometí y aun así incumplí ese juramento. Además de eso, iba a publicarlo. Supe que lo que hice se le podría llamar traición. «Cuando mi hermana descubra que no está en su escondite, seguro no me lo perdonará nunca». Iba pensado con inquietud. Pero,  estaba dispuesta a correr el riesgo de lo que pudiera suceder entre nosotras.

Años atrás, conocí a una prestigiosa editorial y estaba segura de que les gustaría. Por fin, pude divisar a unos cien pasos el alto rascacielos. La oficina se encontraba en el duodécimo piso. Llegué y entré tan apresurada al ascensor que al principio no me percaté en las demás personas que iban muy apretujadas. El ascensor paraba en varios pisos donde salía y entraba gente. Aquel tiempo de espera para mí fue eterno. Mis brazos apretaban con fuerza el libro contra mi pecho. Yo estaba tan distraída en mis pensamientos que no reconocí a la persona que se había puesto detrás de mí. En el momento que escuché su voz y la reconocí, me sobresalté y volteé. Me quedé helada y temí lo peor entre éstas cuatro paredes tan comprimidas. Ella apretó el botón y el ascensor se detuvo.

—¿Creías que ibas a conseguir lo que te proponías hermana? —Muda por el miedo no supe que decirle, no sabía como huir de su presencia —. Fui una estúpida al pensar que podía confiar en tu palabra, tonta e ingenua que soy. Siempre me has tenido envidia en todo lo que hacía. Sabias que podía escribir historias con mucha facilidad, cosa que tú no puedes hacer y no dudaste ni un segundo en robarme lo que me pertenece y vienes aquí a publicarlo. Como si fuera tuyo, ¡te odio!

—Me da igual lo que digas, quiero que estas historias se conozcan en el mundo entero. Que sepan que no solo son cuentos para entretener. Son hechos que ocurrirán en un futuro y todos tenemos el derecho de saber lo que pasará dentro de unos años.

Intenté apretar el botón para que continué pero ella me empujó tan fuerte que se me cayó el libro de las manos y mis piernas se desequilibraron e hicieron que perdiera la estabilidad. Me di tan fuerte en la cabeza, astillando con el golpe el cristal, que terminé derrumbada en el suelo perdiendo el conocimiento. Cuando recobré el sentido ella y el libro ya habían desaparecido. Conmigo quedaron unas cuantas personas preguntándose si llamar a una ambulancia o esperar a que se me pasara el mareo y llevarme a algún sitio que yo les pida. «Había fallado y no me lo perdonaría nunca». Pensaba.

Los cristales estaban esparcidos por el suelo y manchados de sangre. Me levanté como pude, iba tocándome el bulto que me había causado el golpe y me dolía. Fui tambaleándome por la estancia e ignorando las voces de los que me querían ayudar. Volvería a llevarme el libro cueste lo que cueste.

Una mañana inesperada

Taller número 32 Escena “el primer capítulo de una novela”

Capítulo  1

Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir. Imagina que te ves en un acantilado a punto de caer y algo dentro de ti te dice «no caigas, aguanta, lucha con todas tus fuerzas. No permitas que tu mente te juegue una mala pasada».
En ese momento estás confuso, lleno de preguntas sin respuesta. Entonces, es cuando te sucede algo inesperado que te da alas para volar por ese acantilado y llegar a salvo y libre al otro lado. Donde empiezas de cero, con una ilusión que hallabas perdida.

Me llamo Eduardo y tengo veintiocho años, soy licenciado en relaciones públicas. Tuve un buen trabajo y buenos compañeros. Siempre fui un buen trabajador y muy servicial. Mis padres han tenido siete hijos, todos casados, menos yo. Soy el pequeño de todos y nunca he tenido la posibilidad de enamorarme. Pasé cinco años estudiando al cien por cien la carrera. Logré graduarme y con suerte enseguida me puse a trabajar. Llevaba tres años en la misma empresa hasta que dejé de ir, sin dar ningún motivo.

Voy a contarte una historia querido lector, una experiencia que viví hace unos años cuando mi mundo estaba hecho polvo, cuando iba a dejarme caer. Conocí un ser mágico que llenó de ilusión mi corazón vacío. Con un abrir y cerrar de ojos hizo cambiarlo todo.

Era una tarde de principios de primavera. Tuve una cita con un especialista en una de las clínicas más prestigiosas de Madrid. Llevaba un mes yendo a hacerme un sin fin de pruebas. Todo porque un día empecé a encontrarme mal. Con dolores muy fuertes de cabeza, sin saber por qué. Hasta ese día de la consulta, en que aquel médico desplegó el papel y dos palabras bastaron para destruir mi vida por completo. La voz de aquel señor retumbaba en mi cabeza, como unas cuantas olas en un mar furioso por una tempestad.

Al salir del hospital, estaba hecho un caos. Todo a mi alrededor daba vueltas y la información que acababa de darme, era un terremoto en mi cuerpo. ¡Estaba enfermo y no tenía cura! El volcán que se aloja en mi cerebro había empezado a estallar. Solo me quedaba tres meses de vida. Da igual que hiciera quimioterapia. ¡Demasiado avanzado se veía!

Después de esa pésima noticia ya no fui el mismo. Marché a mi casa y me encerré en ella. Quise olvidar a mi familia, a mis amigos, hasta los vecinos de mi barrio que siempre tenían un saludo para mí. Me convertí en un don nadie. Un ermitaño en mi propio mundo de ignorancia. Dejé de pagar la luz y la cortaron, no me importó; usaba velas. La comida me daba igual un pedazo de pan y agua, bastaba para esperar la muerte. Tiré por el balcón el teléfono móvil, estalló en pedazos. Cerré todas las ventanas, para que ni siquiera la luz del día entrara. Mi familia se preguntaba qué me habría pasado. Yo sabía que de la noche a la mañana era otra persona. Nada tenía un significado para mí.

Un mes y medio pasé sin salir de casa, sin abrirle la puerta a nadie, ni siquiera a mis padres. Fue cuando mi vida iba a retomar un nuevo comienzo. Ese día había despertado todo dolorido, mi cama se encontraba llena de medicamentos para el dolor. Intentaba recostarme porque mis ánimos para levantarme eran muy escasos. Escuché una puerta abrirse y todo la casa se iluminó. Entraba mi padre con pasos muy largos a socorrerme, detrás de él, mi madre llorando.

Habían ido a hablar con el especialista que me estuvo haciendo pruebas. Les explicó lo de mi tumor y ellos se echaron a llorar. Mi madre hasta se desmayó. ¡Su hijo enfermo, sin remedio alguno! No podían creérselo. Les explicó que puedo asistir a las consultas de quimioterapia, aunque no aseguraban nada a corto plazo. Estas fueron las palabras del médico:
«Si os sirve de algo mi consejo id y sacarlo de su encierro y llevarlo lejos de esta ciudad, a un campo, donde pueda respirar aire puro y estar en contacto con la naturaleza». Mis padres salieron de allí con una idea y no iban a parar hasta conseguirla.


Capítulo 2

—Quiero que te vistas y prepares la maleta para un largo viaje. ¡Nos vamos ahora mismo de aquí! Mira cómo tienes de sucia esta casa. Llena de trastos por todas partes. Y tú, si te vieras en el espejo, das miedo, hijo. —decía mi madre llorando.

—¿Qué? ¡Yo no me voy de mi casa!

—Esta casa desde mañana ya no es tu casa. —decía mi padre—.Y no creo que quieras quedarte en la calle, cómo un vagabundo. Así que anímate una única vez en tu vida y haznos caso.

Sin protestar, use las pocas fuerzas que tenía y me vestí. Mi madre fue la que hizo la maleta. Me costó mucho abrir la puerta, retrocedí y mi padre me dio un empujón. Cerré un poco los ojos al salir a la calle, ya que me molestaba la luz del sol, de tantos días en la oscuridad de mi casa. Subí al coche y me senté detrás. Agaché la cabeza para que nadie al pasar me reconociera, aunque estaba irreconocible. Una barba de más de un mes sin afeitar, hasta con canas que ni creía tener. Un pelo todo desaliñado y la ropa sin planchar.

—¿A donde vamos? —Pregunté.

—A tu nuevo hogar, muy lejos de aquí. —Sonrió mi madre.

Por el camino mis padres empezaron a relatarme todo lo sucedido después de la visita que le hicieron al médico. Sin pensarlo dos veces fueron y pusieron mi casa en venta a la inmobiliaria de Juan, el mejor amigo de mi padre. Sin él, no hubieran podido venderla con facilidad. No sé cómo lo hizo pero consiguió un comprador en un par de semanas y después buscó la casa ideal para mí.

Juan movió cielo y tierra. Logró encontrar una casita escondida en mitad de un bosque que pertenecía a un “pueblecito” de unos doscientos habitantes. El dueño era un viejo que acababa de fallecer. Mis padres a penas la vieron en foto, supieron que era la indicada. La compraron sin pensarlo dos veces. Para ello lo primordial era el bienestar de su pequeño hijo, cueste el esfuerzo que cueste. Y si esa casita en aquel paraje solitario era un beneficio para alargarle la vida. Cualquier sacrificio valía la pena para unos padres desesperados.

La casa se encontraba a ciento cuarenta kilómetros de distancia de Madrid. Dos horas más tarde estábamos entrando por un estrecho camino de tierra para dejar el coche aparcado debajo un árbol y continuar andando unos diez minutos.

Tanto mis padres como yo, nos sorprendimos cuando la vimos. Ellos estaban preocupados, se miraban preguntándose si habían hecho lo correcto. En cambio yo albergaba esperanza, fascinado por lo que veían mis ojos. La casa se notaba desgastada, necesitaba arreglo. Tenía un porche donde todo a su alrededor había yerbajos de un metro de altura. En su momento habrá sido un jardín o quizás un huerto. El paisaje era espléndido altos árboles y frondosos. Caminos llenos de espesa hierba, un sin fin de cantares de aves y pequeños habitantes del bosque. Estaba embelesado. Por dentro cubría todas la necesidades. A simple vista estaba más cuidada.

—¡En este lugar, es donde quiero estar! —les dije a mis padres muy convencido y ellos sonreían con tristeza.

Se habían orientado de la zona. Me dejaron provisiones para dos meses y volverían con más. También un mapa de los alrededores y sitios donde ir a visitar, hasta un teléfono móvil. Se despidieron de mí con tristeza. ¿Cómo se despide un hijo de sus padres para siempre? Yo sentía que no les iba a volver a ver, ellos guardaban esperanza. Les vi marchar abrazados y cabizbajos. Con angustia y desesperación de dejarme solo. El zumbar de los pájaros y siseo de los insectos amortiguaban sus llantos. Si esto era mi felicidad, estarían felices por mí.

Lo que sucedió a continuación fue el motivo que iluminó mis días oscuros. Me dio esperanza para luchar, vivir y soñar. Porque cuando menos crees que puede sucederte algo maravilloso, sucede. Luego te das cuenta en lo iluso que fuiste. No cuesta nada confiar en ti mismo y en tu sabiduría. Aunque sea difícil de comprender la conocí a ella, un ser sobrenatural que hizo cambiar mi vida una mañana inesperada.

Continuará…