Una mañana inesperada

Taller número 32 Escena “el primer capítulo de una novela”

Capítulo  1

Cuando el mundo está a punto de acabarse es cuando piensas en lo que realmente te empuja a vivir. Imagina que te ves en un acantilado a punto de caer y algo dentro de ti te dice «no caigas, aguanta, lucha con todas tus fuerzas. No permitas que tu mente te juegue una mala pasada».
En ese momento estás confuso, lleno de preguntas sin respuesta. Entonces, es cuando te sucede algo inesperado que te da alas para volar por ese acantilado y llegar a salvo y libre al otro lado. Donde empiezas de cero, con una ilusión que hallabas perdida.

Me llamo Eduardo y tengo veintiocho años, soy licenciado en relaciones públicas. Tuve un buen trabajo y buenos compañeros. Siempre fui un buen trabajador y muy servicial. Mis padres han tenido siete hijos, todos casados, menos yo. Soy el pequeño de todos y nunca he tenido la posibilidad de enamorarme. Pasé cinco años estudiando al cien por cien la carrera. Logré graduarme y con suerte enseguida me puse a trabajar. Llevaba tres años en la misma empresa hasta que dejé de ir, sin dar ningún motivo.

Voy a contarte una historia querido lector, una experiencia que viví hace unos años cuando mi mundo estaba hecho polvo, cuando iba a dejarme caer. Conocí un ser mágico que llenó de ilusión mi corazón vacío. Con un abrir y cerrar de ojos hizo cambiarlo todo.

Era una tarde de principios de primavera. Tuve una cita con un especialista en una de las clínicas más prestigiosas de Madrid. Llevaba un mes yendo a hacerme un sin fin de pruebas. Todo porque un día empecé a encontrarme mal. Con dolores muy fuertes de cabeza, sin saber por qué. Hasta ese día de la consulta, en que aquel médico desplegó el papel y dos palabras bastaron para destruir mi vida por completo. La voz de aquel señor retumbaba en mi cabeza, como unas cuantas olas en un mar furioso por una tempestad.

Al salir del hospital, estaba hecho un caos. Todo a mi alrededor daba vueltas y la información que acababa de darme, era un terremoto en mi cuerpo. ¡Estaba enfermo y no tenía cura! El volcán que se aloja en mi cerebro había empezado a estallar. Solo me quedaba tres meses de vida. Da igual que hiciera quimioterapia. ¡Demasiado avanzado se veía!

Después de esa pésima noticia ya no fui el mismo. Marché a mi casa y me encerré en ella. Quise olvidar a mi familia, a mis amigos, hasta los vecinos de mi barrio que siempre tenían un saludo para mí. Me convertí en un don nadie. Un ermitaño en mi propio mundo de ignorancia. Dejé de pagar la luz y la cortaron, no me importó; usaba velas. La comida me daba igual un pedazo de pan y agua, bastaba para esperar la muerte. Tiré por el balcón el teléfono móvil, estalló en pedazos. Cerré todas las ventanas, para que ni siquiera la luz del día entrara. Mi familia se preguntaba qué me habría pasado. Yo sabía que de la noche a la mañana era otra persona. Nada tenía un significado para mí.

Un mes y medio pasé sin salir de casa, sin abrirle la puerta a nadie, ni siquiera a mis padres. Fue cuando mi vida iba a retomar un nuevo comienzo. Ese día había despertado todo dolorido, mi cama se encontraba llena de medicamentos para el dolor. Intentaba recostarme porque mis ánimos para levantarme eran muy escasos. Escuché una puerta abrirse y todo la casa se iluminó. Entraba mi padre con pasos muy largos a socorrerme, detrás de él, mi madre llorando.

Habían ido a hablar con el especialista que me estuvo haciendo pruebas. Les explicó lo de mi tumor y ellos se echaron a llorar. Mi madre hasta se desmayó. ¡Su hijo enfermo, sin remedio alguno! No podían creérselo. Les explicó que puedo asistir a las consultas de quimioterapia, aunque no aseguraban nada a corto plazo. Estas fueron las palabras del médico:
«Si os sirve de algo mi consejo id y sacarlo de su encierro y llevarlo lejos de esta ciudad, a un campo, donde pueda respirar aire puro y estar en contacto con la naturaleza». Mis padres salieron de allí con una idea y no iban a parar hasta conseguirla.


Capítulo 2

—Quiero que te vistas y prepares la maleta para un largo viaje. ¡Nos vamos ahora mismo de aquí! Mira cómo tienes de sucia esta casa. Llena de trastos por todas partes. Y tú, si te vieras en el espejo, das miedo, hijo. —decía mi madre llorando.

—¿Qué? ¡Yo no me voy de mi casa!

—Esta casa desde mañana ya no es tu casa. —decía mi padre—.Y no creo que quieras quedarte en la calle, cómo un vagabundo. Así que anímate una única vez en tu vida y haznos caso.

Sin protestar, use las pocas fuerzas que tenía y me vestí. Mi madre fue la que hizo la maleta. Me costó mucho abrir la puerta, retrocedí y mi padre me dio un empujón. Cerré un poco los ojos al salir a la calle, ya que me molestaba la luz del sol, de tantos días en la oscuridad de mi casa. Subí al coche y me senté detrás. Agaché la cabeza para que nadie al pasar me reconociera, aunque estaba irreconocible. Una barba de más de un mes sin afeitar, hasta con canas que ni creía tener. Un pelo todo desaliñado y la ropa sin planchar.

—¿A donde vamos? —Pregunté.

—A tu nuevo hogar, muy lejos de aquí. —Sonrió mi madre.

Por el camino mis padres empezaron a relatarme todo lo sucedido después de la visita que le hicieron al médico. Sin pensarlo dos veces fueron y pusieron mi casa en venta a la inmobiliaria de Juan, el mejor amigo de mi padre. Sin él, no hubieran podido venderla con facilidad. No sé cómo lo hizo pero consiguió un comprador en un par de semanas y después buscó la casa ideal para mí.

Juan movió cielo y tierra. Logró encontrar una casita escondida en mitad de un bosque que pertenecía a un “pueblecito” de unos doscientos habitantes. El dueño era un viejo que acababa de fallecer. Mis padres a penas la vieron en foto, supieron que era la indicada. La compraron sin pensarlo dos veces. Para ello lo primordial era el bienestar de su pequeño hijo, cueste el esfuerzo que cueste. Y si esa casita en aquel paraje solitario era un beneficio para alargarle la vida. Cualquier sacrificio valía la pena para unos padres desesperados.

La casa se encontraba a ciento cuarenta kilómetros de distancia de Madrid. Dos horas más tarde estábamos entrando por un estrecho camino de tierra para dejar el coche aparcado debajo un árbol y continuar andando unos diez minutos.

Tanto mis padres como yo, nos sorprendimos cuando la vimos. Ellos estaban preocupados, se miraban preguntándose si habían hecho lo correcto. En cambio yo albergaba esperanza, fascinado por lo que veían mis ojos. La casa se notaba desgastada, necesitaba arreglo. Tenía un porche donde todo a su alrededor había yerbajos de un metro de altura. En su momento habrá sido un jardín o quizás un huerto. El paisaje era espléndido altos árboles y frondosos. Caminos llenos de espesa hierba, un sin fin de cantares de aves y pequeños habitantes del bosque. Estaba embelesado. Por dentro cubría todas la necesidades. A simple vista estaba más cuidada.

—¡En este lugar, es donde quiero estar! —les dije a mis padres muy convencido y ellos sonreían con tristeza.

Se habían orientado de la zona. Me dejaron provisiones para dos meses y volverían con más. También un mapa de los alrededores y sitios donde ir a visitar, hasta un teléfono móvil. Se despidieron de mí con tristeza. ¿Cómo se despide un hijo de sus padres para siempre? Yo sentía que no les iba a volver a ver, ellos guardaban esperanza. Les vi marchar abrazados y cabizbajos. Con angustia y desesperación de dejarme solo. El zumbar de los pájaros y siseo de los insectos amortiguaban sus llantos. Si esto era mi felicidad, estarían felices por mí.

Lo que sucedió a continuación fue el motivo que iluminó mis días oscuros. Me dio esperanza para luchar, vivir y soñar. Porque cuando menos crees que puede sucederte algo maravilloso, sucede. Luego te das cuenta en lo iluso que fuiste. No cuesta nada confiar en ti mismo y en tu sabiduría. Aunque sea difícil de comprender la conocí a ella, un ser sobrenatural que hizo cambiar mi vida una mañana inesperada.

Continuará…

La huida

Taller número 30 Escena “El espejo y el bosque”

—Coge el espejo, no olvides llevártelo, hija. —Su voz sonaba temblorosa.
—Sí, madre. No se preocupe, no lo olvidaré.
—Corre hacia el bosque. Ve a donde se encuentra el árbol de los secretos, una vez llegues, sigue hacia el norte en dirección recta sin desviarte, verás una cabaña. ¡El mango del espejo es la llave de la puerta! En un par de días iremos a por ti.
—Tengo miedo, madre.
—No temas cariño, es preciso que te quedes allí. Tranquila, nos veremos muy pronto.

Envolví en un pañuelo el espejo que tan importante era para mi familia. Abracé a mi madre sintiendo que un pedazo de mí se quedaba con ella, la miré a los ojos, se veía triste y preocupada. A mí se me caían las lágrimas pero tenía que marchar de inmediato de mi hogar. No hubo tiempo de despedirme de mi padre, él se había ido a observar a los campesinos. Planeaban algo contra nosotros y todo porque descubrieron que somos brujas. Ellos no tardarían en venir a quemarnos en la hoguera. Así que me di prisa en huir.
El plan consistía: Mis padres cogerían otro camino opuesto al mio para confundir a los aldeanos, después se desviarían en un atajo y nos encontraríamos en la cabaña.
—No le hagas caso al espejo. —Gritó mi madre.

Corrí y corrí sin detenerme ni siquiera para respirar. Sentía mucha fatiga, me faltaba el aire. Mis pies, ya cansados, tropezaban con cualquier cosa del camino boscoso. Ya me encontraba bastante lejos de mi hogar.

Cuando llevaba un par de horas sin parar, decidí tomar un descanso, vi un árbol seco por el paso del tiempo y me refugié en él, procurando que ninguna persona que pasara por aquel solitario bosque pudiera verme. Saqué el espejo y me miré, lo que vi me sorprendió. Con rabia lo guardé y decidí que no lo volvería a sacar de la mochila, hasta no llegar a la cabaña. Este pedazo de cristal sabía lo que iba a pasar en mi vida. En él se podía ver el futuro cercano, nunca el lejano. Lo que me enseñó no le daré importancia, deseo pensar que todo saldrá bien, que mis padres estarán conmigo pronto y aunque ya no vivamos en mi pequeño pueblo por lo menos nos quede el seguir viviendo juntos.

Retomé mi camino, aún quedando un par de horas más. Se hacía de noche y apresuré el paso. Empezaba a sentir miedo en aquel paraje desolado y lleno de murmullos extraños.

Por fin llegué a la cabaña, se veía en perfectas condiciones a primera vista. Cogí el espejo de la mochila y lo introduje en la cerradura, se abrió y entré. El sitio se notaba cálido y desprendía un olor a leña quemada, me asusté al escuchar una voz.
—¿Tú quien eres, y como has abierto la puerta?
—Soy Paula, ¡esta es mi casa!

A penas se le veía la cara a aquel extraño, la casa estaba en completa oscuridad, solo podía distinguir una silueta con voz masculina .
—Entonces, yo soy el intruso. Perdona, la cabaña se veía abandonada y me encontraba por esta zona en busca de un refugio. Tendré que marchar muy a mi pesar.
—Espera, no tienes porque irte. ¡Quédate! Mis padres no tardarán en llegar, andan cerca. —Mentí.
—Gracias, entonces encendamos unos cuantos candelabros, ¡se está muy oscuro aquí!
—Me parece perfecto. —Sonreí.

Al iluminarse la casa pude ver su rostro, un hombre de unos treinta años y bastante atractivo. Él me observaba, seguro preguntándose; ¿Como una joven podría estar en este bosque tan desolado y esperando a unos padres qué no aparecían?

Estuvimos hablando un buen rato y conociéndonos. Él inspiraba confianza pero no debía revelar mi secreto y el motivo por el que me encontraba aquí sola. Le mentí contándole de una vida muy diferente a la mía, quizás lo que él se esperaba escuchar. Parece que me creyó, yo también le creí a él cuando hablaba de la suya. Sin que se diera cuenta no le quitaba los ojos de encima. Necesitaba estar alerta a cualquier cosa que pudiera pasar. No podía confiar en un extraño y más siendo un hombre y yo una joven indefensa. Tenía que esperar a mis padres y reconstruir la vida que habíamos perdido. Y por nuestro bien ocultar lo que somos al mundo entero.

El Lapíz Mágico

Taller número 29 Escena “El lápiz mágico”

Odiaba el lápiz mágico de mi hermana, siempre lo tenía en un pedestal. Para Marta, él era su mejor amigo, su hermano, algo especial. Le daba un trato como si de una persona se tratara. Con ocho años era una niña solitaria y muy soñadora. A pesar de que me tenía a mí como su hermana mayor, para ella no era mejor que ese trozo de madera.
Una vez nuestro abuelo hizo un largo viaje. Según él «A unas tierras muy lejanas, recónditas en un bosque a cientos de kilómetros de nuestra casa», es verdad que tardó un par de meses en volver.

«¿A dónde había ido y por qué tardaba tanto en regresar?» —Nosotras nos preguntábamos.

Mis padres solo decían que no nos preocupáramos, pronto vendría. Por suerte llegó el día de Navidad, lo vimos entrando por la puerta de nuestra casa con una falsa barba blanca y riendo a carcajadas como suele hacer Papá Noel.

«Jo Jo Jo, Ja Ja Ja. Vengo en busca de dos niñas, para darle sus regalos».

Corrimos hacia él con una radiante felicidad y le abrazamos tan fuerte que casi nos caímos todos al suelo. Él también nos abrazó con cariño. Por fin estaba en casa y fue cuando nos contó su largo viaje a unas tierras muy lejanas… Siempre sus palabras guardaban un misterio, una magia.

«Queremos ver el regalo, abuelo» —le dije yo.

«Muy bien mis niñas, sentémonos en el sofá. Vamos a ver qué os trae Papá Noel, en estas navidades».

En ese momento entraba mi abuela al salón, sonriendo, dándole la bienvenida a casa. Se le acercó y le dio un fuerte abrazo con un beso muy cariñoso. Nosotras nos miramos y reímos.

Mi regalo estaba en una caja pequeña con un envoltorio azulado y purpurina plateada. Al abrirla contenía unos pendientes muy llamativos. Tenían forma de mariposa del color del lapislázuli. ¡Eran hermosos! El regalo de mi hermana era totalmente diferente. Se trataba de una cajita oscura alargada muy simple. Mi abuelo se la acercó y se la puso en las manos.

«Marta, trátalo con cuidado, es muy especial para mí» —dijo, cariñosamente guiñándole un ojo.

Cuando la abrió, ahí estaba el lápiz mágico. Era curioso, nada tenía que ver con uno normal. Éste era de madera, tallada a mano, según mi abuelo. Oscuro como un tronco seco. Mi hermana enseguida fue a coger una hoja y dibujó con él felizmente. Para mí fue extraño que me regalara algo tan hermoso y a ella algo tan sencillo. Los días siguientes fueron muy tristes después de la llegada sorpresa de mi abuelo. Él enfermo y se le fue apagando la vida poco a poco. Hasta morir unos cuantos días después de navidad. En mi casa reinaba la tristeza y la nostalgia. Todos le echábamos de menos. Cuando pasaron los meses, la familia volvió a la normalidad como si nada hubiera pasado. Todo quedó en un recuerdo guardado con lástima en nuestros corazones para siempre.

Ocurrió una mañana, cuando ese lápiz le alumbró la vida a mi hermanita, la más trastornada después de la muerte de nuestro abuelo. Según Marta, el lápiz le hablaba, solía darle muchos consejos, dice que era sabio. Le ayudaba a dibujar, como si de un profesional se tratara. Por las noches la consolaba con una melodiosa música que solo ella podía escuchar. Aquel pedazo de madera, parecía que tenía vida propia.

Una noche antes de morir mi abuelo, le escuché hablar en secreto con mi abuela. Él se encontraba acostado en su cama, con muy mal semblante. Su voz entrecortada le intentaba decir:

«Vieja no me regañes más. Se lo traje porque me acompañó en la infancia, me ayudó mucho y quiero lo mismo para Marta».

«Pero no tenías que haber hecho ese viaje que te ha costado la vida». —Sollozando le decía.

«No padezcas —susurró mi abuelo—. Se va a sentir muy triste cuando falte, no ves que está muy engreída conmigo. Cuando llegue a la adolescencia lo olvidará. Acuérdate de guardarlo. Tiene que pasar por muchas generaciones. ¿Me lo prometes?»

«¡Sí viejo, te lo prometo!»

Me quedaré siempre con la duda. ¿Realmente es mágico o es la imaginación de una niña? ¿Por qué se lo dio a Marta y a mí no? Yo también quiero ver lo que ella ve en él. Lo curioso es que nunca se le rompe la punta y por lo tanto nunca se acabará. A no ser que yo lo destruya algún día.

Celeste

Taller número 28 Escena “El sobre”

Ésta mañana despierto en mi cama con un fuerte dolor en el pecho. He tenido un sueño muy confuso pero siento que fue muy real y me hacía sufrir y no solo a mí, también a mi familia. Me levanto de la cama preguntándome, por qué me duele todo el cuerpo. Noto mi ropa sucia y desgarrada. Todo a mi alrededor está desordenado y nunca suelo dejar mi habitación así. No percibo ningún ruido ni voces en toda la casa. Siempre en la mañana al levantarme escucho a mi madre hacer alboroto con los trastos de la cocina y a mi padre viendo las noticias en la televisión. Caigo a la cama, porque de repente tengo un mareo y veo borroso. «¿Pero qué pasa?»—. Intento volver a levantarme para poder ir al cuarto de baño. Cuando me miro al espejo. «Oh, dios mío. ¡Mi pelo está quemado!»—. Me asusto tanto de mí, que casi tropiezo cuando doy un paso atrás y mis pies tocan bruscamente el cesto de la ropa sucia.

Huelo a suciedad, a tierra, aceite de coche, gasolina, a sangre. Eso último me estremece y empiezo a temblar de miedo.
Comienzo a desnudarme y tiro la ropa al suelo. Observo que llevo un zapato puesto y otro perdido a saber donde. Empiezo a palparme todo el cuerpo porque mirarme da miedo. Cuando siento dolor por todas las articulaciones de mis músculos y limpio de mi boca la sangre seca. Decido prepararme lentamente una ducha, deseando dejarme llevar por los pensamientos escasos. Sé que algo malo me ha pasado, algo que no puedo recordar ahora.

Fuertemente froto todo mi cuerpo, hasta querer borrar cualquier suciedad que haya en mí pero sigo oliendo a sangre y no me está gustando nada. Voy a mi armario y noto que falta ropa, así que me pongo lo primero que veo, un vestido veraniego. Cuando voy bajando las escaleras sigo notando ese silencio misterioso.

Era muy temprano en la mañana y pensé que mi madre pudiera estar en la cocina al igual, mi padre. Así que allí fui primero pero no los vi, no había ningún rastro de ellos. Entonces algo llamó mi atención y sé que mi madre jamás se olvidaría de recoger antes de irse de casa, las cartas de debajo la puerta. Donde el cartero siempre las deja a buena mañana. Me acerco a ellas y veo una donde el remitente está escrito mi nombre. La abro y el sobre está vacío, qué extraño. «¿Donde puede estar la carta? ¡No la veo por ningún sitio!» Angustiada empecé a llamarles. Al no contestar como mamá o papá les llamé por su nombre.

—Paula, José. «Tampoco contestan»—. Corrí a su habitación, la cama está a medio hacer. Como si no hubiesen llegado a dormir en ella. Todo está raro, confuso. Ya empezaba a impacientarme y temer lo peor. Cojo el teléfono de la mesita de al lado la cama y llamo a mi madre primero, suponiendo cuando vea que es el número de la casa, lo coja enseguida. Da un par de timbrazos y se cuelga. «No lo ha cogido. ¿Por qué?»—. Llamo a mi padre y de repente sale su voz.

—Hola —Escucho.

—Papá, papá ¿Qué está pasando, por qué no estáis en casa? Mamá no coge el teléfono. —Él continúa hablando.

—Hola, conteste.

—Papá, soy yo, Celeste. —Se cuelga el teléfono.

«Oh, dios. ¿Qué está pasando? No entiendo nada»—. Sé que mis padres nunca se irían de casa dejándome sola, sin tan siquiera dejarme alguna nota. ¡Estoy tan preocupada! Voy a la cocina y decido que debo esperarles aquí. Mientras tanto, intento pensar en la noche pasada. Pero mi mente está en blanco, apenas puedo recordar. «¿Qué habré hecho los días anteriores? ¿Qué puede haber sucedido para encontrarme en estas pésimas condiciones?» Una puerta se abre y escucho voces. «¡Son ellos, mis padres!» —sonrio.

—¿Qué os pasa a los dos? Me habéis dejado aquí sola, tan de buena mañana.

Ellos no me hablan, ni siquiera se giran para mirarme, creo que no me escuchan. Como si en éste momento no existiera para mis padres. Cuando voy a tocarles pasa algo extraño. Mis manos no les toca, ni siquiera les roza y se hunde en sus cuerpos y ellos apenas se inmutan. Me derrumbo al suelo y empiezo a llorar desconsoladamente. Ahí están ellos, también llorando por mí y yo empezaba a recordar lo que había olvidado la noche anterior.

Continuará…


Características de la Novela Gótica

Según el Periodista César Fuentes Rodríguez, entre las características específicas de la novela gótica se encuentran las siguientes:

La intriga se desarrolla en un viejo castillo o un monasterio (importancia del escenario arquitectónico, que sirve para enriquecer la trama).

Mosteiro de Monfero, Fragas do Eume (A Coruña)

Mosteiro de Monfero, Fragas do Eume (A Coruña, España)


Atmósfera de misterio y suspenso (el autor crea un marco o escenario sobrenatural capaz, muchas veces por sí mismo, de suscitar sentimientos de misterio o terror).

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Profecía ancestral (una maldición pesa sobre la propiedad o sobre sus habitantes, presentes o remotos).

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Eventos sobrenaturales o de difícil explicación.

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Emociones desbocadas (los personajes están sujetos a pasiones desenfrenadas, accesos de pánico, agitaciones del ánimo tales como depresión profunda, angustia, paranoia, celos y amor enfermizo).

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Erotismo larvado (bajo la atmósfera de misterio laten conflictos amorosos mal resueltos y oscuros impulsos sentimentales. El paradigma de la doncella en apuros es muy frecuente; los personajes femeninos enfrentan situaciones que producen desmayos, gritos, llanto y ataques de nervios. Se apela al sentido de compasión del lector presentando a una heroína oprimida por angustiosos terrores que, normalmente, se convierte en el foco de la trama. Otro paradigma insoslayable es el de la figura masculina tiránica; suele tratarse de un padre, rey, marido o guardián que requiere de la doncella una acción indigna o inadmisible, sea el casamiento forzado, el sacrificio de su castidad o alguna acción todavía más siniestra).

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Falacia patética (las emociones de los protagonistas intervienen en la apariencia de las cosas, o bien el clima que rodea una escena define el estado de ánimo de los personajes).

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Falacia Patética de Anthony Goicolea


El libro del taller de escritura de Literautas “Móntame una escena” recopilación III

Hace ya un tiempo creo que por casualidad descubrí un GRAN Blog al que sigo y me ha dado la oportunidad de aprender y conocer más sobre el mundo del escritor. Un blog en el que no dejo de experimentar ideas, cada día algo más y conocer gente en mi misma situación y otros que también ya teniendo más conocimientos me ayudan con sus respuestas a una pregunta de inquietud. Gracias a Iria y a Tomeu que han creado el blog de Literautas del cual me siento orgullosa de haberlo conocido. Lástima que no sea a ellos personalmente, pero quien sabe, la vida da muchas vueltas 😉 Cada mes ellos proponen a los compañeros, gente como yo, a participar a escribir un Relato o Microrrelato con una frase en concreto y un mínimo de palabras que para nosotros es un reto escribir. Pues parte del año 2014 y éste 2015 he participado en algunos de los talleres y nos ha dado la sorpresa de mandar unos de los mejores que creemos a la recopilación del taller “Móntame una Escena” para el ebook del tercer volumen y tambien en papel que esta edición ha sido sorpresa para todos. Orgullosa de que el mio esté entre ellos junto con los de los demás y que los beneficios de quien compre el libro vayan a tan enorme causa de la ONG “Ayuda en acción”.

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Se puede encontrar en papel en AMAZON o en la página de Literautas como PDF

Móntame una escena: Taller de escritura. Libro recopilación III (octubre, 2014 – junio, 2015)

Mi relato está en Capítulo 2 De miedo Noviembre, 2014.

La página 56 Móntame una escena – Recopilación III

La Taconúa

Dianet Ramirez